Última Hora: ¿Por qué en la Casa Blanca hay conciertos y en la Moncloa no?

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¿Por qué en la Casa Blanca hay conciertos y en la Moncloa no? https://www.abc.es/cultura/musica/abci-casa-blanca-conciertos-y-moncloa-no-201910080105_noticia.html Oct 7th 2019, 23:05
¿Se imaginan un concierto en la Moncloa con Rajoy dando palmas ante Raphael, o con Pedro Sánchez coreando versos de Vetusta Morla? Sería digno de ver, desde luego, pero parece que son escenas que seguirán quedando en el terreno de la fantasía, dada la nula tradición musical del palacio presidencial.
En el resto de países europeos es más o menos igual, pero en Estados Unidos la cosa es muy, muy distinta. Antes incluso de que se construyese la Casa Blanca, George Washington ofrecía recitales a sus invitados oficiales en su casa de Nueva York, aunque con una sola estrella invitada: su nieta Nelly Custis, que tocaba clavicémbalo y fortepiano.
Poco después de que la Casa Blanca se inaugurase en 1800, el segundo presidente, John Adams, organizó un concierto para la recepción oficial del Día de Año Nuevo de 1801 con una decena de músicos de la United States Marine Band, y la tradición se ha mantenido hasta nuestros días. El 4 de julio de 1806 también actuaron con motivo del Día de la Independencia frente a Thomas Jefferson, para quien interpretaron «To Anacreon in Heaven». Una tonada que en 1814 pasó a ser conocida como «The Star-Spangled Banner», al añadírsele la letra de Francis Scott Key, y que se convertiría en himno nacional 117 años más tarde.
La cuarta Primera Dama, Dolley Madison (esposa de James Madison), ordenó la compra de un piano para acoger recitales en la casa presidencial hacia 1810, y ya en la década de los veinte, era el propio presidente John Quincy Adams, y su mujer Louisa Catherine, quienes cantaban y tocaban para sus invitados de honor.
En los años treinta actuaron las primeras bailarinas en la Casa Blanca. Andrew Jackson invitó a Celeste Keppler, y Martin Van Buren hizo lo mismo con Fanny Elssler, que hizo las delicias de los presentes con un baile tradicional andaluz, la cachacha, mientras tocaba las castañuelas. Su actuación fue tan memorable que incluso hubo una avalancha de peticiones de congresistas para ir a verla.
En la década de 1840 empezó a haber conciertos con más asiduidad, con actuaciones de grupos que ensalzaban el espíritu estadounidense como The Hutchinson Family Singers o The Baker Family, o incluso una orquesta de niños ciegos y sordomudos que actuó para el presidente James K. Polk. En 1857 actuó el primer músico negro en la Casa Blanca, el pianista Thomas Greene Bethune, «Blind Tom», en el que sin duda fue un hito histórico muy poco reseñado por los anales de la música.
Abraham Lincoln hizo llevar al palacio a un curioso elenco de músicos: la por entonces aún niña prodigio del piano Teresa Carreño (de Venezuela), un cantante enano llamado Nutt, y una soprano india conocida como Larooqua.
Las sopranos Marie Selika y Sissieretta Jones «Black Patti», y el coro The Fisk Jubilee Singers fueron los siguientes artistas de raza negra en actuar en la Casa Blanca, en la década de 1880. Emma el violinista Joseph Douglass, The Lent Ensemble y otros nombres de la época presentaron su música allí durante el resto del siglo XIX, y a partir de 1900, los conciertos se multiplicaron. Josef Hofmann, Ignacy Paderewski o el chelista español Pablo Casals protagonizaron el cupo de música clásica, y en 1905, la hija de Theodore Roosevelt le pidió a su padre que trajera a Scott Joplin porque quería «saber qué es eso que llaman jazz». Un género que no volvería a sonar en la Casa Blanca hasta 1924, con la actuación de la Ray Miller’s Jazz Band. Alice, la hija de Roosevelt, fue sin duda la primera hipster.
Grace Moore, Rosa Ponselle, Jascha Heifetz, Vladimir Horowitz, Lawrence Tibbett, Oscar Levant, Artur Rubinstein actuaron en la mansión del presidente en los años 30, 40 y 50, y en la década los 60 John F. Kennedy llevó las mejores orquestas y coros del país, convirtiendo su hogar en todo un centro cultural.
A partir de los setenta, todas las administraciones han aprovechado con fines mediáticos el show de los conciertos en la Casa Blanca. La cantante Pearl Bailey cantó para el presidente Pompidou de Francia acompañada por el presidente Richard Nixon, el dúo Captain & Tennille cantó para la Reina de Inglaterra durante la presidencia Ford, y Sarah Vaughn, Dizzy Gillespie y Earl Hines entretuvieron al Shah de Irán bajo la atenta mirada de Jimmy Carter, que más tarde hizo llevar al guitarrista español Andrés Segovia.

Ronald Reagan consiguió montárselo muy bien: frente a él actuaron George Gershwin, Cole Porter, Rodgers & Hart, los Beach Boys, Frank Sinatra o Lionel Hampton. Bush padre llevó a artistas como Maureen McGovern, James Brown, The Blind Boys of Alabama o Harry Connick, y los Clinton, como era de esperar por la melomanía de Bill, llevaron a más de cien músicos en sólo cinco años, algunos de ellos incluso repitiendo comparecencia, como Aretha Franklin. Algo parecido ocurrió con los Obama, que montaron incluso festivales con artistas como Diana Krall, Stevie Wonder, Gloria Estefan, Demi Lovato, Usher, Carole King, Paul McCartney, Smokey Robinson, Bob Dylan y un larguísimo etcétera.
¿Por qué no ha habido en la Moncloa una tradición similar? Ha habido mucho menos tiempo para establecerla, obviamente. pero parece evidente que la importancia de la música en la cultura popular española no es tan grande, o al menos que la propia cultura no es tan trascendental para los políticos. Duele pero hay que reconocerlo. Pero tiene que haber algo más. Seguramente, el miedo a posicionarse que tienen nuestros artistas. En Estados Unidos, la toma de postura política de artistas ha causado revuelo en contadas ocasiones, pero nunca ha sido tan importante como para crucificar a nadie. Aquí, hacerlo es casi un suicidio artístico. Cuando en realidad, ir a la Moncloa a cantar no debería significar un apoyo explícito al presidente de turno.

Nuestros gobernantes también pasarían miedito recibiendo a según qué artistas, que quizá aceptasen la invitación a la Moncloa para después montar un mítin inesperado e indeseado. Pero eso también ha ocurrido en Estados Unidos, y no ha pasado absolutamente nada. ¿Creen que todos los conciertos que se celebraron allí fueron como la seda para el presidente? Nada más lejos.
Nixon sabía mucho de esto. En enero de 1972, invitó a Ray Coniff a actuar en la Casa Blanca con motivo de la fiesta de cincuenta aniversario de Reader’s Digest. La orquesta y el coro del artista fueron avisados: nada de mensajes políticos. Pero una corista llamada Carole Addesso preparó una pequeña pancarta que decía «Stop the Killing» («Parad la matanza») en referencia a la guerra de Vietnam, y la sacó antes de lanzar un speech: «Señor Presidente, pare de bombardear a seres humanos, animales y vegetación. Usted va a la iglesia los domingos y reza a Jesucriso. Si Jesucristo estuviese en esta sala esta noche, usted no se atrevería a lanzar una bomba más. Que Dios vengida a los Berrigans y Daniel Ellsberg (acusados de filtrar documentos comprometedores sobre la guerra)».
Ray Coniff se disculpó inmediatamente con Nixon: «Creo que a partir de ahora tendré que asegurarme mejor de que mis músicos entienden sus órdenes. No parecen enterarse de lo que está ocurriendo».
La corista contó después que Nixon «reaccionó con una sonrisa congelada, no movió ni un músculo», y que fue llevada a una sala donde se dos agentes que estaban de los nervios le interrogaron sobre la salud mental y las inclinaciones políticas de ella y su familia, pero la cosa no fue a mayores. Nixon, sin embargo, estuvo varios meses obsesionado con ella, tal como revelaron las cintas que saleron a la luz tras el caso Watergate.
Sin embargo, aquel no fue el concierto que generó más polémica durante la estancia de Nixon en la Casa Blanca. Johnny Cash, que había expresado su apoyo al presidente «en su búsqueda de una paz justa y duradera» en Vietnam, fue invitado a actuar en la Casa Blanca en 1970, para conseguir votos de la población sureña. Pero el repertorio lo elegiría Nixon: el Hombre de Negro debía interpretar «Okie from Muskogee», que criticaba a los hippies; y «Welfare Cadillac», que se burlaba de las personas que recibían ayudas sociales. Cash dudó si acudir o no durante varios días, y finalmente aceptó sin desvelar que tocaría algo completamente diferente. Ante la atónita mirada de Nixon, presentó un poema musicado «para los jóvenes de América» llamado «What is Truth» (en el vídeo de abajo puede verse a Cash cantándola en su programa de televisión), que decía: «El juez miró su pelo largo y, aunque el joven había jurado solemnemente, nadie pareció escucharlo. No importaba si la verdad estaba ahí, fue el estilo de sus ropas y el largo de su pelo. Y la solitaria voz de los jóvenes grita ¿qué es verdad? Los que llamáis salvajes pronto serán los líderes. Este viejo mundo despertará en un nuevo día y juro solemnemente que será a su manera». El presidente se quedó de piedra.
«Si Johnny estuviera hoy aquí tocaría esa canción», decía su hermana Joanne en un reciente documental. Y tal como explicó el hijo de Cash en este periódico, «si fuese invitado por Donald Trump, estoy seguro de que aceptaría. Pero también estoy seguro de que si le pidiese que cantase esta o aquella canción, mi padre respondería cantando otras dos completamente distintas. Sólo habría que escuchar la letra para saber qué querría decirle».
¿Qué conciertos ha montado Donald Trump, por cierto? Pues con él no se ha animado nadie: solo Ted Nugent y Kid Rock se prestaron para visitarle en la Casa Blanca y hacerse una foto de familia en el Despacho Oval. Pero de tocar música en directo, nada de nada.

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